Durante los siguientes años a partir de entonces, LRH aparece justamente como lo describe el conocido redactor y colega John W. Campbell Jr.: un músico, aunque ocasional, con un inmenso talento, “tan verdaderamente bueno como, Bing Crosby y Lawrence Tibbett –con un efecto que estaba a caballo entre el estilo de estos dos”. En una nota especialmente evocativa, Campbell describe la interpretación de L. Ronald Hubbard en estos términos: “Tiene una voz de barítono baja y de una madurez magnífica, y tiene un poder tan enorme para hacer que una canción ‘llegue’, que cuando termina, se puede percibir de forma clara una pausa de silencio absoluto antes de que nadie hable o se mueva haciendo ruiditos en la penumbra”. Como nota adicional en cuanto al repertorio, Campbell habló correctamente acerca de las canciones que Ronald había recopilado “aquí, allá, y por todas partes”, lo que incluye una parte de la flota americana de preguerra que operaba en aguas asiáticas “La escuadra de cruceros blindados”, y “Quince hombres sobre el cofre del muerto”, que, según explicó el editor, pudo haber perdido algo debido a la asociación con la película, La Isla del Tesoro, pero que llega a ser absolutamente “escalofriante y pone los pelos de punta cuando Ronald la canta a la luz del hogar”.

También de estos años provienen los relatos acerca de la versatilidad de Ronald en el teclado, que parece haber adquirido entre esa serie de lecciones que recibió en Helena y la práctica con los pianos de los salones de baile de la Base Naval, y la noche en que organizó una cadena de rumba en tambores vudú en los que él había llegado a ser un maestro a lo largo de sus expediciones caribeñas. Como destacó: “La cantidad de ritmo que uno puede extraer de un tambor con las manos es fantástica”, y habló de “una vibración y de un gemido, de un lamento y de un redoble, de un estruendo y de un susurro como un desfile de fantasmas”.

Sin embargo, aunque aparentemente sus investigaciones musicales durante esos años fueran periféricas, el resultado no fue de manera alguna periférico. De hecho, fue exactamente ese empeño lo que finalmente le llevaría a la revelación central de toda creatividad musical: incluyendo ese poder estético fascinante que John Campbell había percibido cuando escribió sobre: “Se puede percibir de forma clara una pausa de silencio absoluto antes de que nadie hable o se mueva haciendo ruiditos en la penumbra”.




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