Que el nombre de L. Ronald Hubbard haya llegado a significar tanto en un campo con el que no está asociado de forma inmediata no es de sorprender, cuando uno considera la mayor esfera de acción de su vida y de sus logros. Como fundador de Dianética y Scientology, probablemente no existe actividad humana que su obra no haya abordado, y las artes, en particular, fueron durante largo tiempo un tema de preocupación especial debido a lo que el artista aporta: “La creación de toda la belleza y gloria de la que toda cultura depende”. Entonces, también, las artes representaron por mucho tiempo un profundo interés personal, porque cuando hablamos de L. Ronald Hubbard, no sólo hablamos del fundador de Dianética y Scientology, sino de un fotógrafo que ha ganado premios, un cineasta pionero, un escritor aclamado mundialmente y, durante casi medio siglo, un hombre que amó profundamente crear música.

Esta música tenía un largo contenido de ámbito formidable que abarcaba muchas culturas, muchas formas musicales y naturalmente, muchas décadas. A ese respecto, la trayectoria musical de LRH es casi paralela a la mayor trayectoria de su vida y es desde luego, igual de rica. En total, analizó más de una docena de formas musicales –desde la del Lejano Oriente hasta la country del Oeste americano, desde la del alto Barroco a la del bajo Amazonas– para desarrollar un vocabulario musical verdaderamente internacional. También era admirablemente hábil en, al menos, el mismo número de instrumentos –desde su banjo de Montana a un billibutugún de Guam, que se hace con un coco y se toca apoyado en el abdomen. Estaba luego su famosa y expresiva voz de barítono con la que una vez entretuvo a los oyentes de un espacio de radio, el que lanzara a Arthur Godfrey –el famoso y simpático actor y locutor de radio y televisión americano– y su oído de exquisita sensibilidad, llegaba al fondo y a la esencia de la música hasta su último decibelio.

Al igual que todas las demás formas de arte, comentó Ronald una vez, la música está diseñada para contar una historia, y la historia de su propio legado musical es inmensa. Era previsible que comenzara en el Oeste americano de su juventud, como era apropiado; después de todo, su música fue la búsqueda de toda una vida. Pero el que su legado abarque no simplemente la composición, la ejecución o el arreglo, sino la totalidad de este evocativo idioma universal: es lo que es incomparable en L. Ronald Hubbard.



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